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SAMANTHA PINEDA SIERRA
persona a la que él le pagó a tiempo. La ama-
ba. Bueno, eso es lo que ella le cuenta a todos.
Lo extraño de Olga es que siempre está en
personaje, como esos multi premiados acto-
res que filman su próxima gran película. Pero
tristemente para Olga nadie grita “¡Corte!”,
y su vida sigue rodando sin tener un final feliz.
Dos matones bajan el ataúd al hoyo.
El sermón del padre Moore aún no termina cuando prematura-
mente colocan el ataúd en su lugar final de descanso.
Un hombre con quijada de pitbull mira fijamente a Theo, es Ro
derick (40 años), chaparro y musculoso, grandes cicatrices en su
cuello.
Theo: (V. O.) (Cont’d.) En un funeral normal
los amigos cercanos o los empleados del ce-
menterio bajan al difunto tres metros bajo tie-
rra... pero éste es el funeral de mi padre, y él
no tendría la decencia de ser normal, ni si-
quiera en su muerte. Además, esos dos mato-
nes están felices de ayudar, después de todo,
mi padre le debe a su jefe una gran cantidad
de dinero. Esto lo supe mucho más tarde en
la historia.
El maquillaje de Olga corre por su rostro mientras unas lágrimas
negras pintan su pálida piel.
Nadie más llora. Ni siquiera Theo.
Theo: (V. O.) (Cont’d.) De hecho, le debe
dinero a toda esta multitud. Excepto a mí. Y
a Olga.
Roderick y sus matones se retiran.
Pronto los sigue la multitud.
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